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La Plasticina café

By noviembre 18, 2020 No Comments

Plasticina es una marca, yo sé. La palabra correcta para referirse a ese plástico termoestable y flexible es plastilina, pero a mí me suena mal, por eso no uso la segunda sino la primera.

Una vez hecha esa fe-de-erratas adelantada en el tiempo, puedo escribir con tranquilidad este texto que se divide en dos partes:

1. La parte más corta

Yo tenía cinco, tal vez seis, no lo sé y no me importa saberlo. Unos días después de mi cumpleaños mi mamá invitó a varios de mis amigos a casa, estaba lloviendo esa tarde y tuvimos que quedarnos adentro durante toda la fiesta. Supongo que hubo helados y eso, agua con sirope, porque en esa época nos prohibían la Coca Cola en casa. Los niños se pasaron la tarde entera jugando con mis cosas, entre ellas, con la plasticina que varios días antes me había regalado mi tía Fulvia, que en paz descanse.

Cuando se fueron todos me tocó a mí ordenar el desorden, eso no me importó mucho. Lo que sí me molestó fue que algunos de mis contemporáneos habían mezclado todos los colores de los tarros de la plasticina que me acababan de regalar. Eso, mis amigos, no se hace. Ahora era imposible desmezclar la masa, todo quedaría para siempre unido en la confusión de lo uno que no se distinguirá jamás de lo otro, nunca. La mezcla homogénea no me dejó dormir esa noche. No podía soportar la idea de que lo que había adentro de los tarros azules, rojos y amarillos era ahora ese color terciario, esa masa inseparable y amorfa de color boñiga. Esa noche no dormí, eso ya lo dije.

2. La parte más larga

Tengo varios recuerdos que nacen exactamente el mismo día, con apenas algunas horas de diferencia. Estoy en primero o segundo grado y estamos adentro de una de las aulas aprendiendo cosas o algo, cuando se escucha una explosión muy fuerte. Hay un caos pequeño entre los adultos. Nosotros somos muy niños para entender qué es lo que pasa en realidad y nos creemos el cuento de que estalló el transformador del poste de luz frente a la escuela. Es más, yo ni siquiera sabía a los siete años qué era un transformador de voltaje, lo aprendí ese día. La verdad, y de esto nos enteramos después, es que lo que estalló fue una granada de mano a pocos metros de las aulas, reventó frente al Centro Cultural Norteamericano en barrio Dent una mañana de 1988. Ese día mandaron a llamar a todos los papás y vinieron por nosotros más temprano.

Normalmente mi papá nos recogía en la esquina de abajo, a los cien metros, pero ese día abrieron el portón de atrás, al lado de la cancha de fútbol; por ahí nos sacaron a todos. Muchos papás lloraban o habían llorado por miedo, supongo, el mío había estado llorando, pero no exactamente por eso.

Cuando mi hermano y yo entramos en el carro, mi papá nos dijo que nuestra abuela había muerto, estaba muy viejita. Yo no lloré ahí, mi hermano menor sí. Luego, al llegar a casa subí al ático y donde nadie podía verme me puse a llorar, mientras golpeaba un saco de arena que colgaba del techo. ¡Qué importa si lo golpeaba con fuerza! Lo golpeaba con rabia, eso es suficiente para un niño de siete años.

Al bajar fui directo al cuarto de mis papás y vi que mamá estaba en cama, mi tía me sacó de la habitación. Mientras cerraba la puerta me dijo que mamá acababa de perder a su sexto hijo. Lo perdió a los cuarenta años, en la quinta semana de embarazo. Más tarde ese día, mi hermano C se cae de la bicicleta detrás del Saint Francis, en una calle que al día de hoy sigue llena de huecos. Entra a la casa sangrando a chorros por una oreja.

A A, mi hermana, la asaltaron dos tipos en moto a tres cuadras de casa y mi primo RA, por accidente, le abrió la ceja a mi hermano menor con un palo de hockey.

Recuerdo a R, mi hermano mayor, viendo por tele imágenes de gente saltando un muro, arrancan con picos y palas los pedazos, se abrazan los de un lado con los del otro. Dos horas más tarde estalla, después de despegar, un trasbordador espacial en el que viaja una maestra. Luego de la explosión, dos líneas largas de humo se separan una de la otra, en direcciones opuestas. Entre anuncios también veo imágenes de gente tan débil que no pueden espantarse las moscas que les caminaban por el cuerpo, hay que comérselo todo, me dice mi tía Fulvia, hay gente muriéndose de hambre en Etiopía. Veo también una explosión nuclear en Rusia y escucho muchas veces la palabra sida, sin saber qué significa.

Ahora es tarde en la noche de un día muy largo, en el cuarto de al lado estoy yo, tengo treinta y cinco años; y estoy tratando de separar la plasticina pero ya no puedo hacerlo. Al final de cuentas, supongo que la memoria no deja de ser una serie de frasquitos de colores primarios desacomodados en los anaqueles del cerebro. Adentro de ellos, lo que hay es una masa atemporal y amorfa de gentes y lugares. Cúmulos de cosas que se entremezclan y se vuelven inseparables, y que tienen el mismo color de la boñiga.

La Plasticina Café es parte de Veintidós publicado en el 2016 por Editorial Germinal.

Escrito por Diego van der Laat / Ilustrado por Frida Paleo