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Asfixia

By noviembre 19, 2020 No Comments

Estoy sentado solo en un restaurante. El lugar está lleno de caras desconocidas entre las cuales, de repente, sobresale una. Es una cara que he visto antes, pero que no sé exactamente dónde, una que viene de lejos. Entiendo que quitándole el saco, la corbata, la mirada de adulto y la cara gris por la barba puedo reconocer a V, el niño raro, varios años menor que yo, y al que molestaban en la escuela. Lo molestaban mucho. Cuando lo reconozco entre la gente siento algo extraño, no es que me sienta mal-mal, porque yo en realidad nunca le hice nada per se, pero tampoco impedí que los demás le hicieran daño, y eso me pudre por dentro, me muerde, me remuerde y me mastica la consciencia. Me asombra verlo porque pensé que estaba muerto. Alguien lo había dicho en una mesa de tragos como bonus track del bullying que se extiende a la distancia y en el tiempo, el bullying por diferido.

―¿Se acuerdan de aquel carajillo? ―dijo uno—. Bueno, está muerto.

―Uf, ¡qué fuerte! ―dijo otro, ese que ahora es médico, el mismo que diez o doce años atrás le tiró un vaso de orines en la cara, antes de patearle el bulto de Thundercats y la parte de atrás de la cabeza.

Pero no, V no está muerto. Está al otro lado del salón sentado, comiendo. Se ve bien. Lo acompaña su familia, dos parecen ser sus hermanas y la de al lado seguramente es su mamá. Tiene un saco verde oscuro. Parece estar en su hora de almuerzo. De su cuello cuelga una llave maya. Entonces quiero acercarme y saludarlo, pero él no me reconocería, eso pienso. Fue hace tanto tiempo, eso pienso. Al menos, desde mi silla, intento hacer contacto visual y sonreírle, esa manera cobarde de decir ahora todo está bien, ahora somos grandes. Esa suerte de empatía tácita que se parece un poco al arrepentimiento, pero solo de perfil y de lejos. Quiero por telepatía decirle soy un imbécil, yo sé, pero entendé que yo era también un niño, seguir excusándome detrás de ese darwinismo adolescente, justificando, si yo decía algo también iba a perder mi camuflaje.

Paso el cono extraño de los años hacia atrás y estoy en el vestidor de hombres en 1993. Yo nunca hago natación porque conseguí un dictamen médico-falso que no vence y que dice que el agua me da dolor de oído —se supone que es como algo crónico que tengo—, igual tengo que esperar en el cambiador a los demás. Mis compañeros llegan a cambiarse y ahí está V, es varios años menor y se retrasó del resto de su grupo. Nadie lo esperó, sus compañeros se fueron. El vestidor se llena de adolescentes con pavas y cortes hongo y a los que parece que les faltó oxígeno al nacer. Tres o cuatro lo rodean, nadie hace nada. Yo veo la escena desde lejos. El piso del cambiador está mojado por los niños que se secaron antes, el maletín de los Thundercats está ahora boca abajo. Huele a cloro.

Paso de vuelta el cono del tiempo, pero esta vez hacia adelante y estoy de vuelta en el restaurante en el 2015. Yo masco, V masca, la gente en el lugar masca. Él le sonríe a su familia y conversa. Yo trago y como por el mal-karma-de-los-cobardes, en un instante me atraganto con un pedazo de carne que no sube, que no baja y que me susurra la palabra asfixia. Sí, la carne tiene una boca pequeñita que se arquea en los extremos hacia arriba, me sonríe y desde mi garganta dice asfixia. Entonces entro en pánico y golpeo la mesa cuando veo que no puedo sacar el pedazo de New York Strip que me habla en un español perfecto, me dice asfixia. Veo a la masa de gente y entre ellos veo a V. Me aflojo la corbata. Abro la boca como un pez fuera del agua. Me muevo por el salón, todos me ven hacerlo. Hago un escándalo cuando tiro al piso varios platos. Nadie hace nada. Me estoy ahogando, ahí.

Siempre pensé que iba a ser diferente, jamás así, morir con un pedazo de carne en la garganta. Pienso qué sin gracia y pido ayuda con mis gestos, pero nadie hace nada.

Estoy rojo, algo me empuja el pecho hacia adentro, se me van a salir los ojos, eso siento. V ve la escena desde lejos y me sonríe, indiferente pero amable, distante. Después de un rato caigo de rodillas y al hacerlo el pedazo de carne sale expulsado con fuerza. Respiro de golpe y por la impresión de lo que acaba de pasarme, comienzo a llorar. Paso el cono del tiempo hacia atrás y estoy de rodillas contra el suelo húmedo del cambiador de hombres, todos me están viendo.

Paso de nuevo el cono hacia adelante y estoy de rodillas en el medio del salón, rodeado de un montón de caras desconocidas. Siento sus miles de ojos como alfileres clavados en mi espalda, en todo mi cuerpo. Estoy rodeado de gente que se queda viendo cómo lloro en medio de ellos, nadie se me acerca. Entonces veo que en el piso, entre los restos del desastre que dejé, está el pedazo de carne que me mira fijamente a los ojos, abre su boca pequeña y me dice: imbécil.

Asfixia es parte de Veintidós publicado en el 2016 por Editorial Germinal.

Escrito por Diego van der Laat / Ilustrado por Frida Paleo